sábado, 4 de abril de 2015

Finis gloriae




Gente desvestida acodada en las ventanas oscuras.
Roberto Bolaño

Estoy bajando siempre y no lo sé
Juan Eduardo Cirlot

You can check out
Any time you like
But you can never leave
The Eagles 


Vivir es hacerlo contrarreloj; y es obvio, pero es así. Siempre correr para, al final, toparse con ella, que, por más que se la espere, no deja nunca de ser intempestiva, la muy cabrona. Es como esas visitas del pueblo que se te presentan de improviso cualquier mañana de domingo, cuando aún estás sobando después de una noche de juerga, y que te pillan en casa (porque la-familia-no-te-preocupes-que-hay-confianza llega sistemáticamente sin llamar, y sin dejarte tiempo para tramar una coartada digna ni una huida decorosa), te encuentran, digo, con una resaca del carajo, la boca pastosa, sin duchar, oliendo a cerdo y, en el peor de los casos, con una fulana (y que sólo sea una) metida en la cama (Y ella... Ah, sí, ella...; cariño, cómo me dijiste que te llamabas...). Que la muerte, quiero decir, salvo en el caso de los suicidas (entonces se comporta como una amante esquiva y desdeñosa), siempre es intempestiva, sobre todo para los que no se han muerto y se encuentran el pastel por delante (Cari, olvídate de la escapada a Cazorla, que tenemos un fiambre). Hay enfermos terminales, vale; nonagenarios comidos de escaras, cuyo milagro consiste en seguir respirando, vale; equilibristas de circo, alcoholizados y sin red, vale; chaperos en chándal, que la chupan sin condón...; y, sin embargo, su muerte siempre rompe la rutina de los otros (por no hablar de sus propias rutinas). Además, la muerte, invariablemente, nos sorprende de noche. Es como una lechuza que por el día descansa y por la noche da por culo (uh, uh, uh...). No conozco las estadísticas, pero la gente no acostumbra a morirse a las doce del mediodía, ni a las cinco de la tarde (bueno, sí, Sánchez Mejías sí, pero los toreros son la excepción). Y luego está el caso de Jordi Hurtado.

Desde que soy el secretario interino de este Juzgado de mala muerte (y nunca mejor dicho), no ha habido una sola vez que, para acompañar a la señora jueza y a la forense (qué buenas están, coño, y qué elegantes a cualquier hora) a levantar un cadáver, no me hayan tenido que sacar de la cama. Y esta vez ha vuelto a ser así. Peor, porque además, en esta última, el timbre del teléfono me ha jodido un sueño en el que me lo montaba con dos compañeras del curro, en el archivo, sobre pilas de expedientes y azetas reventados de papeles; y yo allí, repartiendo estopa, pim, pam, pim, pam, con una y con otra. Así que me he tenido que poner los pantalones sobre los gayumbos mojados (ahora acartonados), con una erección de las de no poder ni mear, como si aún tuviera quince años, y me he colado la chaqueta como he podido. Para colmo, veo que llevo un calcetín azul y otro negro, pero eso tampoco importa demasiado. De lo que no he sido capaz es de desatar la corbata del cabecero (Átame, cabronazo, decía la gorda pelirroja; qué enferma, la pobre), así que voy como los políticos en campaña.

Qué sueño, cojones, y qué hambre, y la puta autopista qué larga se me está haciendo. Creo que anoche me pasé con el diazepán, y que no debí mezclarlo con ginebra, y que debería haberme tomado un hemicraneal antes de salir de casa, o mejor me hubiese quedado en la piltra, terminando de sobar, y hubiese dicho que había dejado el móvil en silencio; y ahora siento como si, de un lado, me tirasen de los ojos hacia fuera y, de otro, de los huevos hacia dentro; no sé si me explico. Y todo por un puto cabrón que ni siquiera acaba de morirse, sino que vivía solo y que sus vecinos han encontrado amojamado. Olía raro en la escalera desde hacía días, los muy hijoputas, podían haber aguantado unas horas más y hubiera rematado con la fiscal, que llegaba al sueño justo entonces, con su toga negra y sus puñetas blancas, a juego con su ropita interior. Para uno que la espicha como Dios manda, va esa piara de cabrones y le echan la puerta abajo, sin tener siquiera orden judicial. A esos se les va a caer el pelo, por mis santos cojones que se les cae. Y ahora las prisas, que si los maderos, que si hay que llevarlo al Anatómico para la autopsia, que si la prensa, que si que si...

Se me cierran los ojos al volante. La oscuridad, ahí fuera, tiene la consistencia de una amenaza neumática, viscosa, resuelta a arroparme, o a tragarme, como haría una madre. Subo la música hasta que la guitarra de Angus Young me desgarra los tímpanos. Back in black. I hit the sack. I've been too long I'm glad to be back. Yes I'm, let loose from de noose... La fosforescencia fantasmal de las señales resbala en mis ojos como un cuchillo de hoja afilada; las rayas blancas de la vía se pierden bajo el coche con la rutina desmadrada del esnifador de fin de semana; y las luces de los faros en la niebla van trazando un túnel blanco que se pierde siempre antes de alcanzar el arco de claridad que se dibuja sobre el cielo de la ciudad, tendida junto al río como un perro ovillado que se lame su propia verga. Y pienso que allí estarán mis hijos, lo único que quiero en esta jodida vida, con ella, y que a saber a quién tendrá esta noche metido en su cama, o en mi cama, porque todavía la estoy pagando, junto a la hipoteca y la reforma de los baños.

Por suerte, no tardo en encontrar la dirección. Conozco bien el barrio. Cuando éramos jóvenes y siempre era verano, solíamos venir aquí a pillar alguna postura para los pitillos del fin de semana, o para que una yonqui con piorrea y dientes negros nos la mamase por un talego. Qué tiempos, coño. La juventud. Dónde iremos a buscalla.

La luz eléctrica de las farolas crea una sensación de irrealidad, de pesadilla líquida que borbotea en las alcantarillas y se endurece en las facciones angulosas de la gente, en las aristas carcomidas de miseria, en las sepulturas verticales de esta Comala donde los vivos esperan la muerte en nichos marcados con el yugo y las flechas del Ministerio de la Vivienda. El viento trae entretanto, ráfagas de ladridos junto al eco de las risas de unos adolescentes borrachos, que aún no se han recogido y se entretienen insultando a una travestona que finge no enterarse de que ese me-la-vas-a-comer-a-dos-tiempos-por-la-parte-de-los-huevos-puto-maricón va por ella.

Pese a las horas (deben de ser casi las cinco ya), el portal está abierto y es un hervidero. Varias vecinas, gordas y con bata, cuchichean con la misma alegría contenida que se expande en los velatorios cuando ningún familiar está delante (sal de mí, Clarín), aunque aquí no hay pena que aparentar, sólo expresiones de esto-se-veía-venir o qué-vergüenza. Enfrente, en unos bloques de pisos con ropa tendida a la calle, desde ventanas abiertas con la luz apagada, varios privilegiados siguen el entrar y salir de personas a la casa, acodados en el alféizar y sin perder detalle (Esto es mejor que ver pasar la Macarena. Anda ya. Que no de qué, illo).

Antes de ser tragada por una oscuridad esponjosa, tal vez para siempre (Ajolá), una vieja con rulos y malencarada, lanza un cigarro aún encendido, que agoniza humeante sobre el contenedor de basuras. Un joven, con tatuajes étnicos (Amor de madre y Camarón) en brazos de gimnasio, escupe desde el balcón, quizás intentando hacer diana en la colilla. En doble fila, barnizados de luna, esperan dos coches de policía y una furgoneta blanca de la funeraria. En su asiento, con la barbilla hundida en el pecho, el cochero de Drácula con ínfulas de Caronte aprovecha para seguir durmiendo. Un viejo en camiseta, medio calvo y con los pelos grasientos, apura un cigarrillo junto a la cancela de entrada, que se cae a pedazos comida de óxido, se pasa la lengua por las encías y se tira sin disimulo un sonoro cuesco. No me responde cuando, de mala gana, le lanzo un buenas noches que rebota en su cara ojerosa de bóvido a medio rumiar. Verlo fumar me hace encender otro marlboro, y tengo que mear en un alcorque donde crece, raquítico, un naranjo. La polla me escuece como si mease fuego líquido. Así, está claro, no puedo seguir más tiempo.

Unos minutos en el portal, lo justo para echar el cigarrito, son suficientes para ponerme al día del pobre finado, porque era raro y huraño, un tipo hosco y solitario, un gris funcionario que fumaba mucho y evitaba cruzarse con nadie en la escalera, y nunca saludaba. Sólo de vez en cuando, algunas mujeres muy pintadas, putas casi seguro, llamaban a su puerta, pero era extraño que estuvieran con él más de una hora, pocas toda la noche, y entonces escuchaban toses y ronquidos, después de un rosario de insultos y gruñidos amortiguados por el lastimero morse del sonido de los muelles del colchón; porque no pagaba el alquiler ni tenía para comer, pero bien que se gastaba el dinero en putas. Qué asco de tío, y lo dice una gorda rubia que provoca arcadas. Y casi nunca encendía las luces cuando se quedaba solo, y era como la raíz de un árbol talado en la que el silencio es un insecto que labra galerías para depositar en ella la viscosa, la voraz, larva de la locura. 

El cacareo de las vecinas me está poniendo de peor leche de la que traía, así que termino el cigarrillo en dos caladas y echo la colilla en una maceta de pilistras que crece como las sombras en el hueco umbrío de las escaleras, camposanto de cucarachas muertas. Arriba, una claraboya de cristales rotos filtra tímida algún rayo de luna, que reverbera en azulejos blancos que dan al conjunto un aire de sanatorio mental o residencia pública de la tercera edad. Las paredes están pintarrajeadas de nombres y obscenidades. Huele a lejía y a coles. A club de carretera. A mierda, qué coño. Y todo está manchado de tristeza.

La escalera es estrecha, y obliga a subirla agachado, como si la hubiesen hecho a escala de un pueblo extraterrestre que hubiera habitado el planeta en tiempos remotos. En la primera planta, una puerta está abierta, y emite una luz oleosa, amarillenta y mortecina. Tiene las jambas reventadas a la altura de los goznes, y el hedor espeso y turbio que se escapa no deja lugar a dudas de que allí está el epicentro del espectáculo. Siento náuseas, pero no tengo nada en el estómago que poder vomitar.

Es imposible no pensar en Valdés Leal al ver aquel cuerpo que se descompone en un jergón de sábanas sucias, ahora sudario, repulsivo imán barroco, hecho ya silencio y nada. Un tipo de unos cuarenta, escucho a la forense mientras un policía echa fotos sin demasiado interés, uno-setenta de altura, no más de sesenta kilos cuando estuvo vivo, yace ahora, con un gesto crispado y grotesco, como salido del pincel de Caravaggio. Aparentemente, no presenta signos de violencia.

La escasa luz del cuarto brilla en el fondo opaco de sus ojos glaucos, perdidos al vacío que los acoge en la cúpula cuarteada del cielo raso, ocre de manchas de humedad que trazan el mapa de algún mundo fantástico, de Ende, Lewis o Tolkien. Cuántas veces, antes de que la Parca cortase el hilo, en la soledad de este cuarto alquilado, no recorrería esas manchas, viendo en ellas quizás un Bélmez de caras queridas, de fantasmas que le acariciarían el pelo durante el sueño, o le susurrarían palabras en la guirnalda salmodiada de la letanía de la duermevela... O quizás imaginase que eran culos y tetas cuando se la machacaba como un mono en las noches interminables de vacío y soledad.

Como párpados insomnes, la boca abierta; negros los empastes en los dientes; sin afeitar y mal aseado; en calzoncillos acartonados y calcetines sucios, cada uno de un color; las uñas, láminas de nácar engastadas en plata ennegrecida y cuero viejo; terrosas las costillas como un campo arado para dar vida a las flores, las espigas, las espinas...; ya la sangre en Baudelaire que fue torrente, ahora estancada; de cera los labios que una vez fueron besados; las caricias olvidadas en las manos, gélidas tejiendo órbitas. Apunte también en el informe que presenta pequeñas erosiones en el tórax y el abdomen, mordeduras en el cuerpo, que ardió de amor y palpitaba, de ratas o de insectos.

Junto a la ventana, a la luz de una lámpara de pie, refulgen cientos de pequeñas moscas doradas, y sus alas reverberan un fétido zumbido azul.

Un agente de la policía repasa el historial de visitas en Internet de un portátil que parece que alguien hubiera arrojado de cualquier manera junto a la cama, en una alfombra donde se acumulan ceniceros llenos de colillas, botellas de whisky y ginebra vacías, un par de cajas de diazepán, algunas fotos polaroid desdibujadas por el tiempo en su abismo de espejos fósiles, pañuelos de papel y algún condón, un cordón o cinta atada al cabecero de forja, o una corbatita de esas finas, quizás; mucha mierda y muchos libros, amontonados como los expedientes en el archivo de los azetas: casi todos de poesía. Mira este qué bueno: Bolaño, Kavafis, Carver, Ginsberg, Borges, Cirlot, Vázquez Montalbán, Panero, Vian, Pavese, Bécquer (Cuando la muerte vidríe / de mis ojos el cristal)... No me suenan la mitad. Sería maricón. Pues para ser maricón no dejaba de ver vídeos de notas haciéndoselo con dos o tres tías a la vez, pim, pam, pim, pam, con unas y con otras, repartiéndoles crismona a todas. Pero qué animalito que eres, tío, te va a escuchar la forense. Lo que no entiendo es cómo un loco de estos, que huye de la gente, se la pelaba viendo estas gomorras en donde folla hasta el apuntador; es que no caben más; joder, qué tetas tiene esta, y mira cómo le gusta comer a la morena, la muy perra... Tío, eres increíble, el muerto ahí, aquí hiede a mierda, y tú cachondo perdido. Qué quieres, macho, uno no es de piedra. De piedra se me está poniendo a mí. Quién es ahora el cerdo, chaval. Dime tú que no ponías a la jueza a cuatro patas. Calla, enfermo, que está con la antena puesta y esta es capaz de largarnos. Pero mírala con los tacones. Esta tía siempre va elegante, y digo yo que cuándo se habrá pintado y cuándo se habrá peinado, porque la habrán tenido que sacar también de la cama. Pues cágate, que también escribía. Maricón seguro, fíjate: Una noche, oh, una noche süave, irreal, eléctrica... No se puede ser más parguela. Tío, un respeto, y fíjate aquí: que si estoy solo, que si sigo pagando la hipoteca de la golfa, culo, caca, pedo, pis. Qué daño ha hecho Bukowski, coño. Quién. Un nota que sólo escribía guarrerías, como el muerto. Pues mira aquí, en su cartera. Joder, qué pena, y qué escalofrío. Ya te digo. Serán sus hijos. Y aún son pequeños.

--MMM--

Imagen: "Finis gloriae mundi" (1672), de Juan de Valdés Leal (Sevilla, 1622 – 1690). Hospital de la Caridad, Sevilla.