jueves, 10 de marzo de 2016

Del revés



Los domingos por la mañana, mi madre se quedaba en casa limpiando y mi padre nos llevaba a un parque que había cerca de casa. Y ahí íbamos los cuatro: mi padre, cansado como sólo él podía estarlo (pero eso no lo supe, no me importó hasta mucho más tarde), y nosotros tres hechos unos pinceles, deseando llegar al montón de arena que aguardaba al final del tobogán. Lo que más me gustaba era el arco de hierros. Llegar arriba, anclar convenientemente las piernas y descolgarme, cabeza abajo. Sentir la camiseta descender hasta mi cuello, verme el pelo. Cerraba los ojos y me mecía, la sangre agolpada en las sienes. Estiraba los brazos, intentando arañar la grava. 
Apuraba todo lo que podía la pesadez en la cabeza y me imaginaba mi muerte por exceso de riego cerebral. Aunque tenía planes, no me desagradaba la idea de morir allí, colgada como un jamón puesto a secar. Así me siento la mayor parte del tiempo. Después, disfrutaba del vértigo, el barullo en mi cabeza, el cosquilleo en el estómago cuando subía rápida y me aferraba con las manos a los hierros de colores descascarillados. Así cuando escribo.
Y luego la vuelta a la aburrida verticalidad, pies en grava de nuevo. Camino a casa preguntándome como sería, por qué no podía, sencillamente, quedarme allí. Despedirme, hasta la próxima, de la parte de mí que seguía (que sigue) colgada de aquellos hierros. 
Así cuando te pienso.