lunes, 30 de mayo de 2016

Rain over me





Cierro la puerta y, durante unos minutos, la vida queda fuera. Me desnudo, me quito el coletero y el reloj y pongo algo de música o las noticias en el teléfono; como si me gustase Pitbull, como si me importase una mierda la final de la Champions. Abro el grifo, corre el agua, me relajo. El sabor del gel no tarda en mezclarse con el de la sal. Apoyo mis manos en la pared de enfrente y me encorvo, me doblo en un gemido sordo que no puede terminar de romper, porque nada puede sonar más fuerte que el agua caliente que ahora mismo es lo más parecido a una caricia (lo más parecido que tendré en todo el día), o que el teléfono. Y en ese llanto (probablemente igual de desvalido, pero más cansado, al de la noche en que nací) se pasa el tiempo del aseo personal: el de dentro y el de fuera. Me lavo la cabeza llorando, me enjuago el jabón y la sal llorando.
Me seco con los ojos enrojecidos (me ha caído champú otra vez, qué tonta) y trato de recordar en qué momento me di cuenta de que mi dolor no significaba nada para quien podía aliviarlo; cuándo empecé a desahogarme en silencio en la ducha o en el coche a solas (madurar, en mi caso, ha sido eso) en lugar de buscar tu hombro o el pecho de mi madre.

B. Vargas
Imagen: © Wynn Richards